El domingo me llama Diego por teléfono con el único fin de preguntarme si me enrollé con el amigo de B. Le dijo que no pero no me cree. Dice que B le dijo que habíamos estado pasteleando mucho. Y yo pienso qué menudo cabrón B, que a uno le dice que no le dirá nada a Diego y luego corre a contarle a Diego que pasteleé con leer mas.
Le prometo a Diego que no me enrollé con nadie desde que no estoy con él y le digo que a partir de ese mismo día prefiero que evite volver a hacerme esa pregunta porque no quiero tener que mentirle. Le recuerdo que yo quiero vivir nuevas experiencias, y le pido por favor que no me pregunte más por mi vida sentimental, que el día que algo cambie con respecto a él será el primero en saberlo.
Me parecería surrealista contarle un día que me lié con otro y al día siguiente decirle cuanto le echo de menos. Me parecería surrealista contárselo, pero sentirlo, por muy surrealista que sea, lo siento.
Casualmente anteayer quedaron para jugar un partido todos juntos, y al llegar a casa volvió a llamarme para preguntarme por enésima vez si me había liado con el amigo de B. Le repito con infinita paciencia que no, y le digo que no quiero que vuelva a hacerme esa pregunta nunca más. Se lo digo tranquila y calmada porque no quiero discutir con él ni hacerle daño.
Me dice que durante el partido el amigo de B y otro no paraban de cuchichear y mirarle. Dice que B se mosqueó y fue a hablar con ellos para ver que pasaba, y que cuando volvió solo le dijo “¿te contó Susana lo que pasó el sábado?” Diego dijo que no. Yo le dije que no había nada que contar, que lo único que le importaba era si me había metido la lengua y ya le había dicho que no.
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