En contra de todo pronóstico no me alegré, lo único que hice fue la estúpida pregunta “y nosotros ¿qué?”. En ese momento sólo pensé en quién haría las comidas, en quién limpiaría, en quién.... luego empecé a pensar también en quién estaría en casa para darme un beso cuando llegase, en quién estaría en el sofá con papá cuando fuese a darle un beso de buenas noches y en Boho chic estaría siempre ahí. Siempre incondicional.
Yo no podía permitirme el lujo de llorar, no podía permitirme tan siquiera el lujo de decirle lo mucho que iba a echarla de menos, de decirle que la quería mucho y que aunque siempre estuviese gritándole la iba a extrañar con locura.
Mi mayor relación amor odio en esta vida es la que tengo con mi madre. Por lo visto de pequeña no quería a nadie más que a ella y me pasaba el día pegada a sus faldas como una lapa, no quería estar con mi padre, ni con mis abuelos ni con nadie. Debí ser un auténtico coñazo de niña. A partir de cierta edad aquello cambió radicalmente y “odiaba” a mi madre. Supongo que odiar no es la palabra adecuada pero es la que voy a utilizar.
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